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Cultura

Nayuú : Cuento ganador del IV concurso del relato breve

Nayuú, una historia mágica que te transportará al desierto de la Guajira, donde un niño Wayúu deberá escapar de la muerte. Se embarcará en un viaje sin retorno en busca de agua y alimento, ¿lo logrará? ¿Podrá salvar a su madre de tan cruel destino? ¡Descúbrelo leyendo esta agridulce historia!

Cuento Nayuú

Espero les guste mi cuento titulado: Nayuú, una historia mágica que te transportará al desierto de la Guajira, donde un niño Wayúu deberá escapar de la muerte. Se embarcará en un viaje sin retorno en busca de agua y alimento, ¿lo logrará? ¿Podrá salvar a su madre de tan cruel destino? ¡Descúbrelo leyendo esta agridulce historia!

Cuento Nayuú:

Una tarde de verano, cuando el firmamento era tan azul como los ríos inexistentes de la pequeña ranchería Kutapary, el sol ardía excelso en la cima, acariciaba el rostro de la arena. En una casa hecha de barro y pedazos de tablillas, se encontraba Nayuú, acostado en una hamaca de hilos coloridos. “Tengo mucha sed”, le decía a su madre.  

—Hijo mío, se acabó el agua… ¡Por Maléiwa! —Se agachó para revisar los recipientes de totumo, pero no había señales del líquido. 

Nayuú se colocó un suéter de agujereados codos, agarró un par de sandalias de madera que con dificultad entraban en sus pies y de un jalón se los pudo ajustar. Salió de la casa en silencio mientras su madre algo ojerosa, se recostaba sobre un trozo de cuero.  

El niño visitó las chozas de la ranchería, estaban rodeadas por rocas, las acompañaban troncos puestos con firmeza en el suelo. Observaba que los huesos de las costillas de sus amigos se notaban con mucha facilidad. Nadie tenía una sola gota de agua, algunos bebían su propia orina, otros dormían largas horas para no recordar el hambre ni las ganas de beber el anhelado líquido. Cabizbajo, salió de la ranchería. 

A lo lejos veía que el aire levantaba las partículas de arena mientras se hacían remolinos, e inmensas montañas decoraban las huestes celestiales. Caminó a través de un sendero empedrado, se alejaba de las barracas. Gotas de sudor comenzaron a aparecer en su frente, tenía los labios agrietados y la córnea amarillenta. Jadeó respirando de forma agitada, la piel se le enrojeció tanto que detuvo la caminata por un momento.  

Vio en la esquina un cactus de empinada corona, lo invadía espinas entrelazadas a varias prolongaciones, se mecían al compás del céfiro. Se acercó con cautela y empezó a tocarlo, pero las púas lo pinchaban, aun así, se abalanzó en sus cimientos e intentó abrirlo para encontrar restos de agua. Allí observó una sustancia gelatinosa que estaba arraigada a las paredes. Hundió las uñas, sintió un ardor en la punta del dedo; la extrajo, y de forma desesperada comenzó a comer de la babosa gelatina, el sabor era amargo y a la vez refrescante. De pronto un crujido salió de su estómago, eructó con cierta sutileza, los restos del cactus salieron apresurados de la boca, junto a un líquido espeso de tonalidad ámbar. 

Se frotó el abdomen sintiendo una pesadez, comprendió lo dañino que era aquella savia. Con el nefasto padecimiento, siguió caminando a la deriva mientras sus ojos le ardían por los granos de arena. A varios metros vio a una serpiente que se hundió en el suelo, enseguida se agachó, se concentró tanto en el movimiento del reptil que olvidó la sensación de malestar. “Si la culebrita se metió en la arena, es porque hay agua abajo”, intuyó. 

Empezó a cavar la tierra, pero el calor de cada partícula arenosa lo hacía gruñir, sentía como si un carbón ardiente le despedazara la carne. La sed era tanta que olvidó los achaques del cuerpo… Quería encontrar aquel líquido vital, sabía perfectamente algo: si no lo encontraba, su madre junto con él, morirían.  

Los recuerdos le invadieron la mente: visualizó a su progenitora, quien todos los días caminaba varios kilómetros para encontrar el pozo más cercano, aunque le salieran llagas. Sin embargo, eso era parte del ayer, no podía ir a recolectar agua porque padecía de cáncer, poco a poco se debilitaba. Solo Nayuú tenía la facultad de sacarla adelante —su padre había fallecido por la mordida de una serpiente—. Extrañaba ir a la escuela, sentir las hojas de papel que le rozaban los dedos y, sobre todo, disfrutaba de las clases de biología, donde aprendía acerca de la estructura ósea de su animal favorito: el burro. El rebuzne del cuadrúpedo le causaba gracia hasta el punto de imitarlo delante de sus compañeros, quienes promulgaban carcajadas sin cesar. 

Regresó de nuevo a la realidad, una vida llena de dificultades.  Aunque la ranchería era visitada por personas que querían ayudar, eso no era suficiente, lo hacían por un tiempo y luego desaparecían sin decir alguna palabra.  

Siguió por muchas horas cavando la arena, no encontraba ningún rastro de agua. Estaba empapado de gotas de sudor, la piel se le veía más enrojecida al igual que los ojos, dejó de cavar. Suspiró y miró el cielo suplicándole a Maléiwa que lo salvara de su triste final. De repente vio en la lejanía la silueta de un pozo, espabiló dos veces, “no es un sueño”, pensó.  Con una sonrisa se puso de pie y como si no hubiera un mañana, corrió hacia aquella imagen esperanzadora. Al llegar percibió en el aljibe una soga amarrada a una vasija de madera. Agarró la cuerda y la arrojó en el vacío de la poza. Luego de varios minutos comenzó a jalar, poco a poco se podía apreciar el recipiente que se acercaba a la superficie. 

Observó dentro de la vasija, solo había restos de tierra húmeda, aun así, alzó el recipiente, sacó la lengua para probar la última gota que se desprendía, en ese instante, el barro se soltó, le cayó en el rostro. Con actitud afligida se limpió la cara y se sentó en la sombra de un cactus. Después de varios minutos, sintió un dolor agudo en la parte inferior del dorso, los pies se le hincharon, tenía ganas de vomitar… Se recostó en la arena, al hacerlo sentía alfileres calientes que le rasgaban la espalda, con la mirada en el firmamento, cerró los ojos y comenzó a clamar: 

—¡Oh, Maléiwa! ¡Oh, Maléiwa! ¡Oh, Maléiwa! Mira mis deditos hinchados y mi boca seca. Te suplico que me ayudes, ten piedad de mí. ¡Qué la muerte ya venga!  No quiero sentir más dolor… ¡Por favor, Maléiwa, ayúdame! 

Extendió las manos señalando el cielo. 

—Quisiera volar, comer de los algodones blancos, tomar de las fuentes del cielo, ¡allá si hay agua! ¡Allá si hay agua! ¡Por favor, Maléiwa, tráeme un pescado de tu choza celeste, o quítame la vida con tu lanza! Ya no quiero sentir los dolores de mi barriguita, el ardor de mis vejigas. ¡Salva a mi madre, quítale lo que tiene, te lo pido…!  

Comenzó a llorar. 

No entiendo… Por qué vine a este mundo, ¿por qué vine a sufrir? —Se frotó el abdomen—. ¡Ay, mi estómago, ay mi espalda, ay mis pies! ¡Ya no puedo más, no lo soporto! ¡Ayúdame, por favor! ¡Ayúdame!  

Veía una cortina negra con puntitos de colores que revoloteaban alrededor, parecían hadas sonrientes reflejadas en el horizonte. Inhaló por última vez y cuando exhaló el aire, se le detuvo el corazón. Nayuú había salido de su cuerpo, se sentía liviano, una paz indescriptible lo inundaba por completo. Observó sus manos transparentes, luego se vio los pies —ya no estaban hinchados—. Flotaba a dos metros del suelo y al mirar hacia atrás percibió su cadáver, notó que se le veían los huesos de las costillas, parecía un costal de despojos, eso le causó tristeza.  

Sin previo aviso, un sonido penetró los tímpanos del joven, era como si miles de voces melodiosas se unieran en una sola sinfonía. En el firmamento apareció una figura triangular que emanaba gases luminiscentes, lo percibió hasta el punto de sentirse atraído por aquello. Sin pensarlo se acercó y al estar en la horma, miró de nuevo hacia atrás, sonrió y cruzó la puerta. Cuando abrió los ojos vio otro mundo, donde el horizonte era blanco como la nieve, las nubes parecían espumas de multicolores acompañadas por una lumbrera azulada. Había manantiales de color turquesa, el suelo se encontraba vestido de dorado y espigas de trigo se mecían al compás del espíritu eólico, mientras centenares de periquitos parloteaban, al parecer contaban una historia. 

Tres hombres vestidos de blanco se le acercaron, tenían en sus rostros líneas simétricas hechas con pintura escarchada, emanaban grumos destellantes que subían hacia las huestes del cielo. Una mano de tonalidad oliva le dio una palmada a Nayuú, quien se hallaba perplejo por aquella escena indescriptible. 

Cuando miró la apariencia del hombre, se dio cuenta de que no tenía un cuerpo, solo había una cabeza que flotaba a varios centímetros de la superficie… Una corona con figuras romboides unidas entre sí, le adornaban la frente junto a una flor en espiral.  Le rodeaba prolongaciones en forma de tentáculos, cuyos movimientos se asemejaban al serpenteo de algunos reptiles, en un instante, su boca se abrió. 

En el fondo, apareció la imagen de una playa, el agua era cristalina y la arena parecía cúmulos de estrellas, había mesetas alrededor. Nayuú entró por aquella hendidura. La silueta del hombre desapareció. En aquel lugar, hizo presencia la imagen viva del padre de Nayuú, quien con los ojos iluminados se le acercó agarrándolo de las manos… Juntos caminaron el sendero de Jepirra —el más allá de los Wayúu—, bebieron de las fuentes acuáticas y se saciaron de las rocas de pan cenceño para nunca sentir hambre y sed…

FIN

¿Qué te pareció el cuento Nayuú? Deja tu comentario aquí.

Autor: Ángel Yosniel

Generación de cita APA de este artículo: Yosniel, Á. (2021, abril 26). 🥇▷Nayuú : Cuento ganador del IV concurso del relato breve – LACITADIGITAL.COM. LA CITA DIGITAL. https://www.lacitadigital.com/uncategorized/nayuu/

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1 Comment

1 Comment

  1. Enrique Guzmán Valdelamar.

    abril 25, 2021 at 6:05 pm

    Excelente relato que desde el primer renglón obliga a buscar con ansias el final.
    El tejido que inicia con hilos de realidad culmina su entramado con la fantasía que confirma la condición real de nuestros hermanos guajiros. Felicitaciones.

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